El dolorido hastío del mundo

De ANTI Noticias
El psicólogo chascomunense Ramiro Tejo escribió columna para el diario Página 12, refiriéndose a la pandemia, lo imprevisto y la respuesta singular de los sujetos.

El acontecimiento imprevisto
Llamamos acontecimiento imprevisto a una irrupción inesperada, a una sorpresa, a una contingencia que marca un punto de discontinuidad, un antes y un después. Este no se caracteriza por la posibilidad de su interpretación sino más bien por su opacidad, que establece justamente un límite a la interpretación como desciframiento. Su irrupción produce una ruptura en la causalidad. En todo caso, el acontecimiento imprevisto es una fugacidad hasta entonces excluida del campo de lo posible que deja una marca, que se presenta como incógnita. En el instante en que irrumpe, el saber se ve agujereado, inoperante. Lo que no excluye por otra parte una respuesta. El ser hablante responde de formas singulares a lo inopinado.
El acontecimiento imprevisto introduce una dimensión temporal, al establecer un antes y un después, él precipita un pasado, un presente y un futuro. Su ocurrencia denota que algo cesó. Miller dirá que toma la forma de la contingencia “lo que cesa de no escribirse” (1). Por lo que entiendo que en él o con él algo sucumbe. Actualiza de esta manera el carácter transitorio, de eso que cesó.
En este sentido encuentro una afinidad, o una relación de implicación entre el acontecimiento imprevisto y lo transitorio.
Es habitual oír de quienes han perdido un ser querido reflexiones acerca del valor de la vida y de la escasez de tiempo con el que contamos, así como el anhelo de en el futuro situarse en las cosas importantes. El sentimiento de finitud en ocasiones predispone a reordenar prioridades. Asimismo, quienes han padecido una enfermedad o un accidente, muchas veces ubican en ese punto de encuentro con la finitud un punto de inflexión en el devenir de sus elecciones.
La transitoriedad
En términos freudianos no hay representación para lo que se inscribe como contingencia, la muerte y la sexualidad. Con ese agujero en el saber nos arreglamos mediante algunos artificios. Esto le da un espesor al tiempo en el que vivimos, cierta atemporalidad que nos ubica en un plano de creencia en la dimensión del cálculo y la determinación. La muerte de la que sabemos que es “para todos” es una creencia inverificable para cada uno, por lo que ese universal no es algo que tomemos del todo en serio.
El acontecimiento pandemia ha perforado, ha atentado para muchos contra este espesor del tiempo por la vía de la contingencia. Con lo cual, haciendo presente este agujero en el saber, también anticipa la muerte como nombre de la finitud, demostrando por esta vía algo de lo imposible, de eso que no cesa de no escribirse.
De este modo podríamos pensar que el acontecimiento actualiza el carácter transitorio de nuestra vida y de lo que nos rodea, aquel que Freud supo trabajar en su texto La Transitoriedad. En ese texto de 1915, Freud se pregunta por qué algunas personas no pueden darle valor a las cosas transitorias, por qué para algunas personas el carácter transitorio le quita valor a las cosas. Contrapone su punto de vista argumentando que para él la limitación temporal, contrariamente, otorga mayor valor a las cosas y a la satisfacción: “el valor de la transitoriedad es la escasez en el tiempo. La restricción en la posibilidad del goce lo torna más apreciable” (2) . Hace de este modo un enlace entre brevedad, límite y satisfacción. Señala que considera que aquellas personas que frente a lo transitorio padecen el “dolorido hastío del mundo” se encuentran en estado de detenimiento por un duelo por lo perdido. Sin disponibilidad para la satisfacción. Es interesante cómo Freud trabaja en el texto dos posiciones diferentes respecto de la pérdida.
El acontecimiento pandemia y las modificaciones en el modo de establecer el lazo social introduce está vivencia de transitoriedad y la respuesta singular de los sujetos no deja de ordenarse según la relación que cada quien tiene con la pérdida.
El dolorido hastío del mundo
El dolorido hastío del mundo nombra una actitud de no consentimiento a la pérdida, una renuncia no acontecida. Un rechazo a la contingencia que se traduce en un menos de satisfacción, en un sentimiento de dolor sin apertura. Inercia que se padece en una detención insoportable. Deudora de una pérdida que no cesa de no escribirse y que inhabilita todo acceso a la falta y sus posibilidades.
En la práctica clínica se puede captar cómo en aquellos sujetos que presentan este rechazo de lo contingente se dificulta su disponibilidad para hacer con lo indeterminado y son invadidos por este “dolorido hastío del mundo” tomando la forma de la tristeza, el enojo, la impotencia. No pudiendo darle a la contingencia mayor respuesta que el rechazo, bajo diferentes modalidades. Dificultándose las posibilidades de la invención, del hacer con aquello que se impone como acontecimiento y como límite. El rechazo de la pérdida y el aferramiento a algo que no se tiene deviene en una exclusión de la dimensión temporal y en esta dificultad para el placer.
El argumento freudiano
En el argumento freudiano, contrariamente, lo que aparece es cierta asunción al carácter transitorio de la vida y por ende cierta disponibilidad a lo contingente. Un consentimiento a la pérdida que posibilita un acceso al placer y, podríamos agregar, a la invención. La transitoriedad, al inscribir una pérdida como punto de partida, ubica de alguna manera que lo que se puede perder no se tenía. La condición de transitoriedad, ineliminable, si es asumida, vuelve la vida algo más vivible.
Considero que la posición del analista resuena en el argumento freudiano, hace presente esa transitoriedad, apuntando a desmentir los artificios por los cuales se engrosa el ser a expensas del tiempo, para liberar una satisfacción vinculada al movimiento mismo de las cosas.
En el contexto actual, el “dolorido hastío del mundo” puede irrumpir tomando la forma del hartazgo y la rebeldía contra lo contingente, o el intento de transformación de ese contingente en necesario, sustrayendo de esta manera su carácter temporal. La respuesta del psicoanálisis se orienta en hacer lugar a la contingencia sin borrar lo transitorio como efecto y posibilidad.
*Ramiro Tejo es psicoanalista y psicólogo del Hospital “San Vicente de Paul” de Chascomús. Docente del Servicio de Asistencia a la Comunidad del Colegio de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires.
1. Miller, J.A. “La erótica del tiempo y otros textos”. Editorial Tres Haches. Buenos Aires. 2014.
2. Freud, S. “La transitoriedad” (1915). Obras completas . Tomo XIV. Amorrortu editores. Buenos Aires. 1998.

 

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