La lucha contra el fuego en primera persona

Los incendios siguen activos en 8 provincias y los vecinos se organizan para combatirlos 

Hasta el sábado, el aeropuerto de Resistencia estaba literalmente rodeado por el fuego. “Toda la zona era una caldera abierta e irrespirable”, cuentan los vecinos chaqueños a Página/12. El foco es uno de los tantos donde hoy se da pelea contra el fuego, que sigue activo en 8 de las 12 provincias que sufrieron incendios, seguramente provocados por causas humanas, según sostienen los expertos. Según el Servicio Nacional de Manejo del Fuego, en lo que va del año se incendiaron 769.732,632 hectáreas del país. La superficie equivale a 38 veces la ciudad de Buenos Aires.

Durante dos días “el cielo estuvo de color naranja” por el reflejo del fuego bajo la nube de cenizas, cuentan los pobladores de Punillas, una de las zonas más afectadas de Córdoba, donde ya se quemaron 191 mil hectáreas. Allí, cerca de la localidad de Valle Hermoso, se encuentra la Reserva Natural Vaquerías, de la Universidad Nacional de Córdoba. Joaquín Piedrabuena es uno de sus guardaparques y cuenta: “El fuego llegó cerca, pero pudimos frenarlo». No así en las reservas de Unquillo y Río Ceballos, donde el fuego avanzó más rápidamente porque están abandonadas. En otros lugares también se llevó vidas humanas, dos personas murieron en el combate contra el fuego.

 

La quema de bosques, montes y pastizales impacta en la biodiversidad. “El daño se verá a mediano plazo, porque sólo si se logran prevenir futuros incendios las zonas podrán recuperarse, pero si vuelven a incendiarse en forma recurrente, pierden su potencial”, señala a Página/12 la bióloga Cecilia Diminich, que vive en Valle Hermoso, y está preocupada porque “reaparecieron dos focos”. Y no duda en orientar la responsabilidad hacia los emprendimientos inmobiliarios, agropecuarios o mineros, que se verían favorecidos si en un futuro quisieran adquirir las tierras para «hacerlas productivas», cuando hoy, eso está prohibido por ley, por la biodiversidad que conservan.

Era desesperante ver como caía la ceniza. Era el monte el que caía en forma de cenizas y yo pensaba: ¿vos antes eras una chañar o un molle?”, describe Diminich, quien decidió con su familia, colaborar en lo cotidiano, comprar «frutas y colirio para los bomberos, cremas para las quemaduras, también llevar remedios adonde están los animales que se rescatan del fuego, es tristísimo verlos”. Los vecinos también asistieron en la logística, atender el teléfono en la central de bomberos cuando todos se tenían que ir a apagar un foco nuevo.

 

“A Vaquerías el fuego no entró porque tenemos estructura”, detalla Piedrabuena. Se refiere a presupuesto, personal capacitado en prevención y en planes de manejo en incendios forestales. Lo diseñó la Universidad de Córdoba y los guardaparques le ponen el cuerpo. Ellos colaboraron en el combate contra el fuego en las reservas cercanas. Hubo noches en que Piedrabuena no volvió a su casa, en el intento por redireccionar las llamas. El lamenta que las otras reservas estén abandonadas: “Si hubieran tenido personal y equipamiento, se hubiera prevenido o controlado, pero el abandono repercute en el impacto”, señala. No habla solo de la flora y la fauna, también de las cuencas hídricas.

“En nuestras sierras se capta el agua que consumimos en las ciudades –explica–, porque donde hay incendios después no hay captación natural de agua, no hay vegetación ni suelos en condiciones que la retengan. Y la perdemos, tanto en la estación seca como en el aprovisionamiento para las ciudades”. Esto también provoca inundaciones, cuando el agua escurre y desborda las estructuras de contención, como ocurrió en años anteriores.

La responsabilidad está en la falta de un manejo responsable del fuego y en el nivel de saturación que tiene hoy el sistema, señalan. “Hay responsabilidad de los gobiernos, de jurisdicción nacional, provincial y municipal. Aunque en este caso la responsabilidad mayor es provincial”, sostiene Piedrabuena. Los pequeños productores y las viviendas serranas sufren los daños. “Muchos pobladores no tienen ayuda, combaten como pueden, y es peligroso”, explica el guardaparques. Pero frente a la ausencia del Estado “hacen lo que pueden”. Como Cristóbal Varela, que fue alcanzado por el fuego en el paraje San Esteban, en Punilla, o José Roble, cuya muerte fue indirecta, por asfixia, mientras colaboraba con los bomberos un poco más al sur, en Las Jarillas.

 

“Los bomberos no dan abasto, al haber focos simultáneos tienen poca capacidad de acción, y eso desbordó el plan provincial de manejo”, apunta Piedrabuena. En muchos lugares hubo poco o ningún personal capacitado para controlarlo, cuentan. Los vecinos ayudan cuando el fuego ha pasado y quedan “zonas calientes”. Se hace “un enfriamiento” para evitar que resurja cuando las llamas se van, pero las brasas quedan. “Hacemos herramientas con lo que tenemos”, cuentan los brigadistas, civiles que participan del combate. Lo más común es un «chicote”, un palo al que se ata un manojo de telas. Con eso “le pegan a las llamas”, para que, sin oxígeno, el fuego se extinga. Muchos tienen mochilas de agua y las usan “para enfriar la zona”, tratando que no llegue a sus casas, en los campos, porque grandes áreas de producción también son devastadas y mueren los animales de producción agropecuaria.

El plan provincial de manejo “no parece estar en línea con el cuidado de la vida», sostiene Diminich. «Como bióloga, conozco lo que estamos perdiendo», dice y recuerda una tarde «cuando iba en camioneta a una zona alta y al llegar, veo la serranía, al otro lado y a solo 5 kilómetros, en llamas, unas llamas machazas… ¡y me pongo a llorar! Pienso qué pasa si llega a la ciudad, si se mete en mi casa, pero también pienso en el monte que perdemos, me duele”. Discute la decisión política detrás de la propagación del fuego. «El plan provincial de manejo deja quemar al monte; la flora, la fauna, los nidales se queman. Las aves vuelan, los mamíferos pequeños a veces pueden escapar, pero hay vida también bajo la tierra, donde no la vemos, y gran cantidad de especies como anfibios, reptiles o insectos, que no pueden escapar”, ilustra.

Los bomberos son los grandes héroes para los pobladores, pero no dan abasto. Y en algunos casos no están preparados para pelear contra los incendios forestales «que son distintos a lo urbano” sostiene Diminich. En Córdoba «se desmanteló la prevención y en muchos lugares no hay alertas tempranas», sostiene Piedrabuena. Los especialistas denuncian que el sistema provincial descuida la biodiversidad: “el monte, molesta”, señalan. Respetar las leyes “conseguidas con mucha movilización popular sería una solución y permitiría una convivencia armónica con la naturaleza”, concluye Piedrabuena.(FUENTE :PAGINA 12/ Por Patricia Chaina)

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