Las dos pandemias: Covid y la depresión-adicciones

«Por favor que alguien nos diga que alguna vez esto termina» (comentario del actor Luis Brandoni en un programa de televisión)

El actor Luis Brandoni muestra incertidumbre cuando dice en un programa de televisión: «Por favor que alguien nos diga que alguna vez esto termina». Superó la Covid, pero su vida es el teatro en sus 80 plenos años. Sin teatro, su proyecto de vida tambalea. No hay persona sin misión, proyecto y vocación, decía el gran Ortega y Gasset y agrega: «somos seres futurizos». La sombra de la depresión se hace ver y la impotencia muestra otra cara de la pandemia. La sombra del `no future’ (como decía el conjunto de rock de los ’90).

Entra un paciente, me sorprende su semblante. No lo veía hace un año. Delgadez evidente. Envejecimiento indudable y precoz. Me cuenta sus dolores del año. Empresa quebrada. Despidos que lo hacen quebrar aún más. Remata sus oficinas. Llora por su matrimonio en crisis. No ve futuro. Se siente traicionado por la realidad y piensa que su vida lo llevó siempre a tropezar con la misma piedra. Era la imagen viva de Sísifo, aquel mito griego en donde el personaje subía una roca hasta la cima y esta se cae y la vuelve a levantar permanentemente. Cuando estaba bien algo sucedía y todo se caía. Teme a la covid, pero más teme a su cambio de estado de ánimo. Está no solo quebrado económicamente sino también psíquicamente. Es una escena que se repite en varias entrevistas. Depresiones por doquier.

Mientras tanto jóvenes y `jóvenes viejos’ aparecen abúlicos, anímicos y an-hedónicos luego de una carrera de autodestrucción con drogas. Muchos dejaron fortunas en drogas, otros estuvieron a punto de convertirse en femicidas luego de desbordes impulsivos. 

Aparecen profesiones nuevas de contacto con los futuros clientes: `take away’. Son mensajeros que reciben órdenes en sitios donde se borra el mensaje cuando es leído, cuando marca el destinatario del paquete de drogas. Son entregas a domicilio. Se venden sustancias junto a la compra de mujeres por una noche. Otros apelan al stock de lo que tienen plantado en su casa (marihuana). En las fiestas clandestinas, las drogas estimulantes y disociativas tienen `venta libre’. Estas fiestas clandestinas marcan la depresión en donde no hay futuro y solo vale el hoy sin importar las consecuencias.

LA ORFANDAD ACTUAL

Estos mismos pacientes se presentan como huérfanos, llegan vencidos. La residencia de ellos en la comunidad terapéutica nunca fue tan tranquila en nuestros años de trabajo. El índice de retención llega al 100 por ciento y muchos están jaqueados en causas derivadas de su estado de alteración por el consumo de estupefacientes. Otros, con tobilleras electrónicas, pero su peligro potencial no condice con su conducta actual en donde son la sombra de lo que fueron artificialmente dotados de la `espinaca’ de Popeye del aditivo. El peligro y la angustia persecutoria parecen estar afuera. Se sienten protegidos en un ámbito de seguridad con médicos y estudios permanentes.

Hoy «escuchar» a alguien es un elemento clave. Byung-Chul Han (`La agonía del Eros’, 2017) dice que en esta sociedad del «agotamiento y del cansancio» prepandemico se va a «pagar a gente que sepa escuchar». La pandemia en ellos (nuestros residentes) es terapéutica porque impone una pausa ante la aceleración previa. Vivieron entre traumas que fueron heridas nunca cicatrizadas. El mundo prepandemico era muy acelerado y esto también llevaba a la desestabilización acelerada de las personalidades.

El gran Alain Touraine había descrito en los primeros años del 2000 los efectos de la posmodernidad y hablaba de las comunicaciones solo tecnológicas, la incomunicación de las existencias, la lenta desocialización de la comunidad por las crisis familiares, la caída de la escuela. Lo vemos. Ese sueño tecnológico cayó, aunque el teletrabajo sea hoy una tarea esencial. Me refiero a la vida de las intimidades de miles que parecen desconectadas y a que el gran sueño tecnológico de dominio del universo cae ante el imperativo de un virus. Nos muestra nuestra fragilidad ante tanta omnipotencia.

LA PANDEMIA DE SALUD MENTAL Y ADICCIONES

En plena pandemia aparecen dos pandemias en el campo de la salud mental: la llamada depresión Covid -término del maestro en psicoanálisis, David Nasio- y el aumento de consumo de estupefacientes. Ambas correlacionadas.

Estas dos pandemias las ve claramente la administración Biden que denuncia en el congreso la muerte de miles de americanos por sobredosis de fentanilo (opioides) y pide un paquete especial de ayudas. Además, pide un aumento para la salud mental en la creación de distintos servicios de atención y especialmente en las patologías graves de tipo delirante. Todo esto junto a la ayuda especial para la Covid. Denunció al Congreso también que solo el 10 por ciento de los consumidores reciben tratamiento en lo que hoy se llama `brecha de tratamientos’, es decir, según el presidente de los Estados Unidos, nueve de cada diez consumidores no recibe ayuda médica. Paralela y contradictoriamente se tramitan en el mismo Congreso proyectos para la plantación de autocultivo de marihuana.

Tomando un solo elemento de los fenómenos adictivos como lo es el funcionamiento alterado del sistema nervioso en sus áreas de control de impulsos y del pensamiento, el cerebro no distingue en sus áreas clave (sistemas de recompensa y placer) entre la marihuana y otras drogas. Llega un momento que el cóctel de drogas es lo habitual (marihuana, pastillas, opioides, estimulantes, etc.). Como se ve la confusión reina por doquier y recuerda al Dante cuando dice: «la confusión es el principio del mal de las ciudades». También se puede pensar que, ante tanta depresión combinada con angustia y noción de pérdida del futuro, muchos no pueden vivir sin evadirse e incluso los propios políticos facilitan el consumo. David Nasio cuando habla de la depresión Covid la relaciona de alguna manera con lo que hoy Massimo Recalcati, maestro italiano en psicoanálisis, llama las neomelancolías. No es la melancolía de la autoinculpación y autorreproche de antaño. Es la pérdida de la noción de futuro, de un hoy atrapante y sin salida y ya no de un pasado que atormentaba. La vida es `pesada’ y sin esperanza. Tristeza irritable contra sí, el gobierno, los periodistas, la realidad en su totalidad, la pareja. Nada calma, se vive enojado y con mucha angustia que no se puede referir a nada que por momentos no sea persecutoria, en otros depresiva pero nunca abierta a un futuro de esperanza.

Se perdió la creencia en ese mundo tecnológico que fue la promesa de inicios del siglo XXI en donde desde un teléfono se manejaba el mundo y las redes de contactos.

Un dolor de cabeza, unas líneas de fiebre y una baja de la saturación de oxígeno lo devuelven a un cuerpo doliente cuando antes desde un teléfono controlaba la realidad el cuerpo parecía no existir. Las vacunas también parecen desilusionar ya que aún vacunados se infectan y además faltan en el mundo. Y también el confinamiento y el reconfinamiento con las pérdidas económicas que están también como una sombra.

Como decía una paciente: «Tengo gastos y no entradas. Dígame usted, qué hago». Descubrimos que la pandemia sigue. ¿El trabajo seguirá? Todo esto agota. Cae en la cama molido, pero no puede dormir. Debemos volver a la receta simple pero necesaria de lo que significa el sistema psico-neuro-inmunológico con descanso, actividad física (como mínimo 150 minutos de caminata rápida semanal, descanso, yoga, relajación, comida sana, la menor cantidad posible de alcohol, no drogas, controlar enfermedades asociadas como el nivel de azúcar, la presión arterial, etc.). Y fundamentalmente tener la fuerza del amor fiel, la compañía duradera, los grupos estables, una vocación y un trabajo que llame al servicio. Todo esto también hace a la fuerza del sistema inmune de defensas, así como la depresión ayuda a la caída del mismo sistema.

El miedo a la muerte asoma en este cuadro depresivo actual como una sombra -que es habitual tengamos- pero que ahora se agiganta, así como el miedo al contagio de un familiar. Aparece también en muchos pacientes el miedo a morir solo. En realidad, siempre nos morimos solos, pero la visión del familiar cerca es clave. En la antigüedad era una señal de bendición morir con los familiares cerca.

El hombre, que creía dominar el planeta desde un iPad, cae en su fragilidad de sus células T que le enseñan que tiene un sistema inmune. Algunos se deprimen, otros crecen en esta tragedia, otros se drogan y huyen. Asumamos este momento histórico y, como Noé, después del diluvio universal al llegar a tierra firme plantemos una viña; señal bíblica y metafórica en que el futuro y la vida triunfarán. Hubo muchas pestes. Esta -como diferente- es que es globalizada. La humildad y la fragilidad quizás serán una enseñanza o como decía Blas Pascal refiriéndose al hombre: «somos un débil junco que piensa». Olvidamos a la naturaleza y esta existe.

 

* Director General Gradiva – Rehabilitación en adicciones.

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