Una nota recuerda la historia del Castillo de la Amistad y su actual situación resaltando que “el descuido no perdona”

Publicada en el diario La Nación
El diario La Nación publicó un extenso artículo sobre el Castillo de la Amistad y su actual situación, sobre la que resalta que “el descuido no perdona”. Aquí la nota.
“Hubo una vez, hace 74 años, una barra de amigos a los que una noche –charla va, vermut viene– se les ocurrió inventar un reino. No eran de sangre azul, pero no les importó: lo diseñaron de la A a la Z, con castillo y todo.
La base creativa fue el bar más popular de esa época, en Chascomús: el National, en la esquina de las calles Buenos Aires –hoy Libres del Sur– y Soler.
Los muchachos tenían el foco puesto en la amistad. Antes del reino ya habían creado, en octubre de 1945, la Fiesta de la Amistad, antecedente del Día del Amigo, y en octubre de 1947 proclamaron el Reino de la Amistad, y brindaron.
La ocurrencia no quedó ahí. Ángel Canatelli y Juan José Wallace, entre otros habitués del National, imaginaron y concretaron una monarquía constitucional. Hubo corte, decretos, correspondencia real, títulos de nobleza y Carta Magna. Hubo 14 ministerios y guardia real y banda de música y hombres importantes vestidos de frac y moñito. Cuentan que las fiestas del reino duraban una semana y que se las recuerda hasta hoy. Más de una pareja de chascomunenses, como la de Tito Ursino y su mujer, nacieron al calor del reino.
Hubo un rey, el dueño del bar National, el gallego, de Santiago de Compostela, Manuel Constela, coronado Manuel I Rey de Copas (dicen que en ese bar se tomaba como si no hubiera nada más que hacer). Y hubo un diario, el Heraldo, que se imprimía en la imprenta Tieri, la misma del periódico local, El Imparcial, del que el expresidente Raúl Alfonsín fue director en algún momento. Las comunicaciones del reino eran transmitidas por la radio local. La cosa iba en serio.
Entre los creadores se contaban hacendados, el gerente del banco, el dueño de una fábrica de heladeras, un constructor, un importador, gente con dinero y dispuesta a gastarlo en un plan que los entusiasmaba. Juntos, los miembros del reino, compraron un terreno a cinco kilómetros de la ciudad, frente a la laguna, cerca de la playita que usan los kitesurfistas de base, y en 1948 comenzaron a construir el solar del rey, un castillo de 170 metros cubiertos, con sus torres y hasta un camino real para llegar en carruaje.
El delirio siguió: al lado del castillo levantaron una Plaza de Toros –actividad prohibida en el país– con capacidad para dos mil personas paradas en gradas de madera.
–Uno de los integrantes del reino importaba autos de Alemania y venían en cajas de madera, de ahí salieron las gradas –cuenta Miguel Ángel Chichilo Cerimele, periodista y dueño del Canal 5 de noticias de Chascomús.
Se hicieron cinco corridas de toros traídos desde el Litoral con toreros, dicen algunos, venidos desde Perú. La inauguración fue con un almuerzo para 700 personas que siguió con un show de flamenco para la puesta de sol y terminó con tertulia en los salones del castillo. El culto a la amistad.
Esa barra se jacta de haber inventado el Día del Amigo, el tercer domingo de octubre, varios años antes de que el hombre llegara a la luna. El reino participaba en los corsos, emitía edictos, celebraban banquetes y peñas. Llegaron a tener embajadores en los pueblos vecinos: Pila, Lezama, Belgrano.
En 1953, cuando murió Ángel Canatelli, primer ministro del reino y uno sus mentores más entusiastas, la estructura se fue resquebrajando. Al poco tiempo, Manuel I se casó, se mudó a Buenos Aires y abdicó. Cinco años después de su creación, el reino se vino a pique. El tiempo lo fue tapando de noticias y cayó en el olvido, incluido el castillo que quedó a la deriva hasta hoy.
En 1957 se alquiló a una asociación de boxeo y después pasó a manos de la provincia y finalmente del municipio. Circuló por distintas manos y en el transcurso hubo saqueos, abandono y concesiones frustradas.
La segunda vuelta del reino
Un buen día de 2006 –más acá en el tiempo, pero ya no tanto– otra barra de muchachos que de chicos vieron los desfiles del Reino de la Amistad y escucharon hablar de un rey en la ciudad, decidió reflotar el reino.
–A mí se me ocurrió, estaba con el rengo en un bar. Le dije: Che ¿y si y reflotamos el reino? Le gustó, y ahí nomás agarramos una servilleta y una birome, y con un muchacho de otra mesa que se acercó buscamos los personajes que podrían ocupar los ministerios. Como lo hacíamos con humor, muchos no se animaban al ridículo. Había que ponerse traje, galera, disfrazarse porque nosotros teníamos investidura–dice Chichilo Cerimele.
Esos muchachos que ya pasaron los 70, de jóvenes también se reunían en un bar, el Chiqui, propiedad de Julio Chiqui Medley, que quedaba justo frente al National.
En homenaje al antiguo reino, lo revivieron 60 años después y, como sus antecesores, coronaron rey al dueño del bar. No tuvo importancia que el bar Chiqui hubiera cerrado en el 67 y que Julio Medley se dedique a vender artículos comestibles. Fue coronado rey de la Orden del Café y la Gaseosa con fiesta en el Club de Regatas. Hubo ministros de la desinformación, insalubridad, no guerra y del interior, que era un ciego “porque miraba para adentro”.
–Nosotros sí alquilamos trajes en la Casa del Teatro y en la Casa Martínez de Buenos Aires. También publicábamos El Heraldo una vez por año. La gente participaba, las primeras cenas eran para mil personas, alquilábamos el salón del Club Atlético, contratábamos música, hacíamos fiestas terribles. Hasta tuvimos personería jurídica.
Lo sostuvieron todo lo que pudieron, pero el segundo reino también capotó.
–Después, como todo, fue decayendo el entusiasmo –apunta Cerimele.
El castillo quedó deshabitado o habitado solamente por espíritus (dicen que por las noches una niña camina por la sala principal).
Hace unos años, el municipio abrió una licitación para concesionarlo y hubo un oferente que luego, por la pandemia, rescindió el contrato.
El descuido no perdona
Lo que queda del castillo resiste sin techo: las habitaciones miran al cielo. Si uno lo visita puede que salga al encuentro Mateo Salinas, escultor y tatuador, a comunicar que él es el nuevo dueño, que él se robó el castillo por los malos manejos.
Desde la municipalidad informan que es un usurpador. Historias de conquistas, invasiones y trofeos que sucedían allá lejos y hace tiempo en los reinos reales. Mientras tanto, el Castillo de la Amistad es una de las locaciones de “sitios abandonados” que se ofertan desde el ministerio de la producción de la provincia de Buenos Aires (a precio amigo)”. (Fuente La Nación – Por Carolina Reymúndez – Foto Mariana Eliano)

 

A %d blogueros les gusta esto: