Desde una mirada doctrinaria del peronismo, el hombre —entendido como la persona humana en su dimensión integral, material y espiritual— ocupa el centro de toda organización política, económica y social. No es el mercado, ni el Estado por sí mismos, los que constituyen el fin último de la comunidad organizada; ambos deben estar al servicio de la realización plena del ser humano.
En esa concepción, la familia es la célula básica de la sociedad. Allí se transmiten los valores, se aprende la solidaridad, el respeto, la responsabilidad y el sentido de pertenencia. Es el primer ámbito donde el individuo encuentra contención afectiva y orientación moral. Por ello, el peronismo históricamente entendió que fortalecer a la familia significaba fortalecer a la Nación.
Cuando la familia se debilita, se resienten también los vínculos comunitarios. La soledad, el individualismo extremo, la pérdida de referencias y la fragmentación social generan condiciones propicias para el surgimiento de diversas problemáticas de salud mental. No se trata de atribuir a la familia la solución exclusiva de estos desafíos, pero sí de reconocer que constituye uno de los principales factores de protección frente a ellos.
La doctrina justicialista sostiene que el hombre solo puede realizarse en comunidad. Por eso Perón hablaba de la «Comunidad Organizada», donde cada institución cumple una función armónica en favor del bien común. La familia, la escuela, el trabajo, los clubes, las iglesias y las organizaciones libres del pueblo forman una red de contención que protege a las personas de la marginación, la desesperanza y el aislamiento.
En tiempos donde muchas veces se exalta el individualismo y el éxito personal por encima de los lazos humanos, el peronismo propone volver a poner a la persona y a la familia en el centro de la escena. Porque una sociedad será más sana no solamente por la calidad de sus hospitales o de sus profesionales de la salud mental, sino también por la fortaleza de sus vínculos afectivos, por la presencia de comunidades solidarias y por la existencia de un proyecto colectivo que otorgue sentido y esperanza.
Como enseñaba el General Perón, «la verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo». Y el pueblo comienza en cada hogar, en cada familia que educa, contiene y transmite valores. Allí nace la primera escuela de la solidaridad y el primer refugio frente a las adversidades de la vida.
Fortalecerla no es una consigna conservadora ni nostálgica; es una necesidad social que contribuye a la construcción de una comunidad más justa, más equilibrada y también más saludable desde el punto de vista emocional y espiritual.
Alfredo Gustavo Barrera

