Nota de opinión- La historia también se falsifica cuando se oculta

La falsificación de la historia no siempre consiste en inventar hechos. Muchas veces se construye a través del silencio, la omisión y la selección interesada de aquello que merece ser recordado y de aquello que debe permanecer en las sombras.
La historia argentina ofrece numerosos ejemplos de este fenómeno. Durante décadas, la figura de Juan Manuel de Rosas fue presentada casi exclusivamente desde una visión negativa, relegando aspectos fundamentales de su papel en la defensa de la soberanía nacional frente a las intervenciones extranjeras y los intereses que buscaban fragmentar el país.
Algo similar ocurrió con Leandro N. Alem y, especialmente, con Hipólito Yrigoyen. Ambos representaron la irrupción de amplios sectores populares en la vida política argentina y enfrentaron a las estructuras de poder de su tiempo. Sin embargo, muchas veces sus figuras fueron reducidas a caricaturas o sometidas a campañas de desprestigio que buscaron minimizar el alcance de sus transformaciones. No es casual que Yrigoyen haya sido la víctima del primer golpe de Estado del siglo XX en nuestro país, hecho que inauguró una larga etapa de interrupciones institucionales.
También la figura de María Estela Martínez de Perón suele ser abordada de manera parcial y, en muchos casos, exclusivamente desde las dificultades que atravesó su gobierno. Fue la primera mujer en ejercer la Presidencia de la Nación, tanto en Argentina como en el mundo, y la mandataria constitucional derrocada por la dictadura militar del 24 de marzo de 1976. Durante su gestión se impulsaron obras de infraestructura, programas de vivienda y políticas sociales heredadas del proyecto justicialista, en un contexto extremadamente complejo marcado por la crisis económica internacional posterior al shock petrolero, la escalada de la violencia política y las profundas disputas internas que atravesaban al movimiento peronista. Sin desconocer los errores, conflictos y limitaciones de su gobierno, resulta necesario analizar aquel período en toda su complejidad histórica y comprender que el golpe de Estado no fue simplemente la consecuencia de una crisis de gestión, sino también la expresión de factores políticos, económicos y corporativos que buscaron interrumpir el orden constitucional e imponer un nuevo modelo de país mediante el terrorismo de Estado.
La historia es, muchas veces, un terreno de disputa política y cultural. Los sectores dominantes de cada época procuran imponer una interpretación de los hechos que legitime sus intereses y su visión del país. Por eso resulta indispensable revisar críticamente los relatos establecidos, recuperar las voces silenciadas y analizar a cada protagonista en el contexto de su tiempo.
Reivindicar la memoria histórica no implica idealizar a nadie ni negar errores. Significa comprender que una sociedad madura debe conocer integralmente su pasado, con sus aciertos y sus fracasos, sin censuras ni simplificaciones interesadas.
Porque cuando una parte de la historia se oculta, se tergiversa o se presenta de manera incompleta, no solo se falsea el pasado: también se condiciona la capacidad de comprender el presente y de construir el futuro. La verdad histórica exige memoria, pluralidad y honestidad intelectual. Sólo así una nación puede reconocerse plenamente en su propia historia.
Alfredo Gustavo Barrera