La evolución del pensamiento radical argentino puede vincularse con distintas corrientes filosóficas que abordaron la libertad, la ética, la democracia y la justicia social, aunque no en todos los casos se trate de influencias directas.
El recorrido puede comenzar con Immanuel Kant, defensor de la autonomía y dignidad de la persona. Fichte profundizó la libertad como acción y autodeterminación, mientras Schelling buscó integrar individuo, naturaleza y totalidad. En ese contexto surgió Karl Krause, cuya filosofía procuró armonizar libertad individual y comunidad y alcanzó particular influencia en España y América Latina.
El krausismo tuvo una presencia reconocida en el pensamiento de Hipólito Yrigoyen y en su concepción ética de la política. La defensa del sufragio y su idea de reparación expresaron una lucha por democratizar la República que alcanzó un momento decisivo con su llegada a la Presidencia en 1916.
La Reforma Universitaria de 1918, con figuras como Gabriel del Mazo, extendió la democratización hacia la educación. Posteriormente, dirigentes como Amadeo Sabattini, Moisés Lebensohn y Crisólogo Larralde profundizaron dentro del radicalismo las preocupaciones por la igualdad, los trabajadores, los derechos sociales y la ampliación de las libertades.
En ese recorrido ocupa también un lugar relevante Ricardo Balbín, protagonista de varias décadas de la historia radical. Integró el Movimiento de Intransigencia y Renovación surgido en la década de 1940, en cuyo desarrollo participaron también Lebensohn, Larralde, Illia y otros dirigentes. La Declaración de Avellaneda de 1945 expresó un programa que combinaba defensa democrática, libertades políticas y reformas económicas y sociales.
Balbín atravesó posteriormente años de fuertes enfrentamientos políticos con el peronismo, pero en la última etapa de la vida de Juan Domingo Perón protagonizó con él un acercamiento que adquirió significado como búsqueda de convivencia entre adversarios políticos. Durante la última dictadura militar participó además de la conformación de la Multipartidaria, creada en 1981 por distintas fuerzas políticas para reclamar la normalización institucional y el retorno de la democracia.
Arturo Illia representó desde la Presidencia otra expresión de esa tradición democrática y republicana, hasta que su gobierno constitucional fue derrocado por el golpe militar de 1966.
Entre la Argentina de Yrigoyen y la que encontró Raúl Alfonsín transcurrió buena parte de un siglo marcado mundialmente por dos guerras mundiales, el fascismo, el nazismo, el Holocausto y la Guerra Fría, mientras el país atravesó desde 1930 una sucesión de golpes de Estado, proscripciones y dictaduras, hasta llegar al terrorismo de Estado de la última dictadura militar. Ese contexto histórico modificó profundamente los problemas que debía enfrentar el pensamiento democrático.
En ese extenso proceso, Balbín puede ubicarse como uno de los puentes políticos entre distintas generaciones del radicalismo: vivió las proscripciones, los enfrentamientos entre radicalismo y peronismo, las interrupciones del orden constitucional y, hacia el final de su trayectoria, la búsqueda de acuerdos entre fuerzas políticas para recuperar la institucionalidad democrática.
Con Alfonsín y la recuperación democrática de 1983, la democracia adquirió nuevas dimensiones. Ya no se trataba solamente del sufragio y la legitimidad de origen, sino también de derechos humanos, Estado de derecho, pluralismo, tolerancia, participación y solidaridad. Después de la experiencia del terrorismo de Estado, esas cuestiones pasaron a ocupar un lugar central en su proyecto político.
El discurso de Parque Norte de 1985 permite observar esa ampliación del pensamiento democrático alfonsinista. Allí planteó tres grandes ejes —democracia participativa, ética de la solidaridad y modernización— con los que buscó proyectar la democracia más allá de la recuperación de las instituciones y pensar también la transformación de la sociedad.
Para comprender esa concepción contemporánea resultan útiles, como referencias comparativas y no necesariamente como influencias directas sobre Alfonsín, otros pensadores. Spinoza, por su defensa de la libertad de pensamiento; Hannah Arendt, por su reflexión sobre la pluralidad, la acción y el espacio público; y John Rawls, por su búsqueda de principios capaces de conciliar libertad, igualdad e instituciones justas.
Visto históricamente, no existe una línea filosófica única e invariable dentro del radicalismo. Yrigoyen expresó la democratización política y una concepción ética fuertemente vinculada al krausismo; la Reforma Universitaria amplió esa democratización al ámbito educativo; Sabattini, Lebensohn y Larralde incorporaron con mayor fuerza la cuestión social; Balbín atravesó décadas de confrontaciones y terminó representando también la búsqueda del diálogo político; Illia reafirmó una concepción republicana y ética del ejercicio del gobierno; y Alfonsín, después de las experiencias autoritarias y de los grandes conflictos del siglo XX, colocó en el centro los derechos humanos, el pluralismo y la reconstrucción democrática.
Desde Kant, Fichte, Schelling y Krause hasta las perspectivas que ofrecen Spinoza, Arendt y Rawls, aparece una pregunta que permite relacionar esas distintas tradiciones: cómo conciliar la libertad y la dignidad de cada persona con la construcción de una sociedad democrática, plural, solidaria y socialmente justa.
En esa extensa trayectoria, el radicalismo argentino fue modificando sus respuestas de acuerdo con los desafíos de cada época. Desde la lucha por el sufragio y la democratización política de comienzos del siglo XX hasta la reconstrucción institucional de 1983 y el proyecto expresado por Alfonsín en Parque Norte, permaneció abierto un mismo problema político: cómo hacer de la democracia no solamente una forma de elegir gobiernos, sino también una manera de organizar la convivencia entre ciudadanos libres e iguales.
Ornest T. Arboleda

