Cada septiembre, al recordar La Noche de los Lápices, volvemos sobre la historia de aquellos estudiantes secundarios secuestrados en La Plata durante la última dictadura militar. Muchos fueron llevados a distintos centros clandestinos de detención, entre ellos el Pozo de Banfield, donde fueron sometidos a torturas y permanecieron privados ilegítimamente de su libertad. Pablo Díaz fue uno de los sobrevivientes y su testimonio resultó fundamental para reconstruir aquellos acontecimientos.
Pero esa historia también tiene un capítulo que nos pertenece especialmente a los chascomunenses.
Rubén Omar “Pepe” Bricio, militante político y sindical, trabajador de ENTEL y vinculado al gremio FOETRA, fue secuestrado dos veces durante 1976. La segunda ocurrió el 16 de octubre, cuando un grupo de personas armadas irrumpió en su domicilio de Chascomús y lo llevó al Pozo de Banfield. Permaneció allí aproximadamente un mes, hasta que fue liberado el 16 de noviembre de ese año. Así lo acreditan los registros de la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Provincia y las actuaciones judiciales de la causa Brigadas.
Pepe tenía una particularidad que, en aquellas circunstancias, adquirió un valor enorme. Su oficio de operador telefónico le había dado una extraordinaria capacidad para recordar números de teléfono y asociarlos con personas.
Después de recuperar la libertad, esa memoria se convirtió en una herramienta para ayudar a otros.
Según el relato conservado por familiares y allegados, Pepe Bricio comenzó a comunicarse con familiares de personas que habían permanecido detenidas junto a él. Entre esos contactos estuvieron los padres de Pablo Díaz, uno de los estudiantes sobrevivientes de La Noche de los Lápices.
Aquella comunicación permitió que una familia supiera que Pablo había estado con vida en el circuito clandestino de detención y contribuyó a las gestiones posteriores que terminaron posibilitando su libertad.
Hay algo profundamente humano en esta historia. Un hombre que acababa de atravesar el horror decidió utilizar aquello que conservaba intacto —su memoria— para ayudar a otros.
Y existe también un pequeño objeto familiar que mantiene viva aquella historia.
Tiempo después, la familia de Pablo Díaz visitó a Pepe Bricio en Chascomús para agradecerle aquel gesto. Como recuerdo le obsequiaron un juego de pocillos de café de porcelana, que la familia Bricio conserva hasta nuestros días.
Un objeto cotidiano, casi doméstico, terminó convirtiéndose en testimonio de una historia mucho mayor: la de quienes, aun perseguidos y sometidos al terror, encontraron maneras de tender puentes hacia afuera.
La historia de Pepe Bricio merece ser incorporada a la memoria de nuestra ciudad. No solamente porque fue una de las víctimas del terrorismo de Estado —su paso por el Pozo de Banfield está documentado judicialmente— sino también porque su experiencia expresa algo que muchas veces queda oculto detrás de las grandes historias: la solidaridad concreta entre personas que se encontraban en las circunstancias más difíciles.
A 50 años de La Noche de los Lápices, recordar a Pablo Díaz y a aquellos estudiantes es también recordar a quienes compartieron con ellos el cautiverio, a quienes sobrevivieron y dieron testimonio y, en este caso, a un chascomunense que, desde el lugar que le tocó ocupar, ayudó a mantener abiertos los vínculos entre quienes estaban adentro y quienes desesperadamente los buscaban afuera.
Porque la memoria no está hecha solamente de grandes discursos. También está hecha de nombres, de números de teléfono recordados, de una llamada, de una familia que pudo saber, de una libertad que finalmente llegó y de un viejo juego de café que, todavía hoy, guarda en Chascomús el recuerdo de aquel gesto.
Alfredo Gustavo Barrera

