Nota de opinión- Perón y Balbín: la oportunidad que la política dejó escapar

La historia argentina registra pocos momentos en los que dos líderes de la talla de Juan Domingo Perón y Ricardo Balbín comprendieron que el interés nacional debía prevalecer sobre las diferencias partidarias.
Sin embargo, esa oportunidad histórica terminó frustrándose por la miopía política de quienes no supieron interpretar el cambio de época.
Cuando Perón sostuvo que entre él y Balbín representaban al 80 % de los argentinos, no estaba pronunciando una frase de ocasión. Expresaba una concepción estratégica: construir una gran coalición nacional que otorgara al gobierno una legitimidad política sin precedentes, con mayoría en ambas cámaras del Congreso, amplio respaldo de las provincias y la fortaleza institucional necesaria para impulsar las profundas reformas que el país reclamaba.
A esa base política debía sumarse el acuerdo social. La Confederación General Económica, conducida por José Ber Gelbard, representaba al empresariado nacional comprometido con un proyecto de desarrollo. La CGT, liderada por José Ignacio Rucci, aportaba el respaldo del movimiento obrero organizado. Era la posibilidad concreta de reunir en un mismo proyecto al radicalismo, al peronismo, a los trabajadores y al empresariado nacional.
Con semejante respaldo, la democracia habría contado con una fortaleza desconocida hasta entonces.
Un gobierno apoyado por la inmensa mayoría de la representación política y de las organizaciones sociales habría reducido al mínimo el margen de maniobra de quienes, desde hacía décadas, recurrían al golpe de Estado como mecanismo para interrumpir gobiernos constitucionales. La estabilidad institucional habría dejado de depender de la voluntad de los cuarteles para asentarse sobre un amplio consenso popular.
Pero esa oportunidad histórica se perdió.
En ambos partidos hubo dirigentes incapaces de comprender la dimensión del momento. En lugar de acompañar la construcción de un gran acuerdo nacional, prevalecieron las especulaciones electorales, las ambiciones personales, los prejuicios ideológicos y las disputas internas. Muchos siguieron pensando en la próxima elección cuando Perón y Balbín intentaban pensar en las próximas generaciones.
Aquellos sectores no entendieron que la reconciliación entre ambos líderes no implicaba renunciar a las identidades políticas, sino fortalecer la democracia mediante el reconocimiento mutuo y la búsqueda de objetivos comunes.
La posibilidad de construir una mayoría estable, capaz de garantizar gobernabilidad y encarar un proyecto nacional de largo plazo, quedó sepultada por intereses mezquinos y por la incapacidad de comprender que la política, en determinadas circunstancias, exige una grandeza que trasciende las conveniencias partidarias.
La historia posterior demostró el enorme costo de aquella oportunidad perdida. La muerte de Perón dejó trunca la posibilidad de consolidar ese proceso de unidad nacional y el país volvió a ingresar en una espiral de enfrentamientos, violencia e inestabilidad institucional que desembocaría pocos años después en una de las etapas más oscuras de la historia argentina.
Nadie puede afirmar que ese proyecto hubiera resuelto todos los problemas de la Argentina. La historia no admite certezas sobre lo que no ocurrió. Pero sí puede sostenerse que el país dejó escapar una posibilidad extraordinaria de consolidar el sistema democrático y construir políticas de Estado con un respaldo político y social difícil de igualar.
Quizás esa sea una de las grandes lecciones de nuestra historia: las naciones no fracasan únicamente por la fuerza de sus enemigos; muchas veces también pierden sus mejores oportunidades por la incapacidad de sus propios dirigentes para comprender el momento histórico que les toca vivir.
Alfredo Gustavo Barrera