Por María Eva Barrera*
Cuando una comunidad deja de mirar, de escuchar y de hacerse cargo, lo que aparece no es el silencio: es el daño.
Zygmunt Bauman explicó cómo las sociedades contemporáneas producen vidas descartables: personas que quedan fuera del radar del Estado, de las políticas públicas, de la preocupación colectiva. No porque no existan, sino porque no resultan funcionales. Los “invisibles” no son una abstracción teórica: son jóvenes, hijos, padres, hermanos; son cuerpos concretos, son historias interrumpidas.
La indiferencia no aparece de un día para el otro. Se construye cuando el dolor se naturaliza, cuando el sufrimiento se vuelve privado, cuando se asume que cada quien debe poder solo. Y esto atraviesa a todos los estratos sociales. Nadie queda al margen de una comunidad que no cuida. Pero nadie puede solo, y mucho menos en contextos donde no hay herramientas, ni escucha, ni acompañamiento real.
Once suicidios en 2025, en una comunidad de aproximadamente 50.000 habitantes, no pueden leerse como hechos aislados. Hablan de un problema colectivo, de un Estado que no llega, de políticas que no alcanzan, de dispositivos de salud mental que no existen o no funcionan cuando más se los necesita.
La salud mental no puede seguir siendo un discurso ni un recurso excepcional. Necesita presencia, continuidad y territorio. Necesita ser política pública, no promesa.
Porque cuando una sociedad abandona a quienes más necesitan cuidado, no se trata de tragedias individuales, sino de una responsabilidad colectiva.
Mirar para otro lado no es neutral: también es una forma de decidir.
* Estudiante Universitaria – Licenciatura en Ciencia Política UBA

