Saludo de del Obispo Monseñor Malfa con motivo del fin de año

Queridos hermanos y hermanas:
En la diócesis hemos rezado y trabajado por la vida junto a otros hermanos cristianos y a hombres y mujeres de buena voluntad, deseo agradecerles que lo hayamos hecho con el espíritu de simples servidores que han cumplido con su deber (Cf. Lc. 17, 10). Sigamos unidos con esperanza inquebrantable en la misión que nunca termina: crear conciencia sobre la dignidad inviolable de la vida humana.
Con tristeza e indignación nos encontramos con que en Argentina no se le dio una oportunidad a la vida y se creó el “derecho” de matar a un inocente poniendo sobre las espaldas de las mujeres decidir quién nace y quién no. Jugamos a ser como dioses y con la humildad de la verdad debemos preguntarnos hacia dónde va la Argentina.
Hemos dado un grave paso hacia la anticultura de la muerte que se opone a la solidaridad promoviendo la destrucción de la vida humana más débil e inocente por parte de los más fuertes que tienen voz y voto. Esta anticultura adormece y cauteriza la conciencia y debilita el compromiso vital en defensa de la vida y casi sin darnos cuenta se cumple en medio nuestro la profecía de Isaías: “Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien, de los que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas” (Is. 5, 20).
Cuando concluye este año tan difícil para toda la humanidad como consecuencia de la pandemia del Covid-19, pido a Dios se encarne en nosotros el darnos cuenta “que estábamos todos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos” porque “nadie se salva solo”.
Como miembros del santo Pueblo de Dios no compremos la cínica manipulación que se hace del Papa Francisco y a la luz de la fe caminemos siempre con la Iglesia que es comunión en la fortaleza de la unidad entre pastores y fieles.
Nos hará mucho bien volver a leer y escuchar, asimilar y compartir lo que el Santo Padre nos dice en la Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate: “la defensa del inocente que no ha nacido debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta de los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte (GE, 101).
Con libertad y amor sirvamos a la sociedad siendo testigos de este programa que nos brinda el Papa y que hunde sus raíces en el Evangelio de Nuestro Dios y Señor Jesucristo para hacer posibles la “fraternidad y la amistad social” asumiendo y educando para la “cultura del cuidado como camino de Paz” como nos dice en su mensaje para la 54° Jornada Mundial de la Paz que celebramos el 1 de enero en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios.
El año que termina y el que comienza se encuentran bajo la mirada y presencia bondadosa de Santa María, Madre de Dios, que nos asegura que Dios no nos abandona nunca. A Ella le confiamos “las tristezas y alegrías, dolores y esperanzas” que llevamos en el corazón y al desearnos un feliz año decimos llenos de confianza: “Tú Señor eres nuestra esperanza, no quedaremos confundidos, en Ti esperamos, hoy y siempre”. Amén.
Chascomús, 31 de diciembre de 2020.

Carlos H. Malfa

Obispo de Chascomús

 

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