Si coincidimos en que ningún tropiezo, fracaso o drama ocurre -únicamente- como consecuencia y/o por otro/s, sin nuestra intervención o culpa propia; es muy probable que nos haya invadido algún tipo de patología. Similar o idéntica a creer que sin mi/nuestra estelar presencia, poco o nada funcionará correctamente.
Ambas situaciones desembocan en lo mismo: yo o el caos; el malo es cualquiera; no sé quién: ¡yo no!
Llevadas tales premisas al plano de gobernar -lo que sea y en cualquier ámbito-, ¿qué nos hace creer la “insoportable levedad del ser”?
¿Cuándo, cómo, dónde y quién -se- nos inoculó ese escarabajo que impide hacer saber opiniones o pareceres sobre tal o cual aspecto? A propósito de cuál situación o circunstancia comenzamos a creernos irreemplazables, insustituibles y/o inimitables?
No pudimos, no quisimos o no supimos formar -o dejar lugar- a continuadores o coprotagonistas del tantas veces ansiado y proclamado proyecto colectivo; ¡o ese fue tan sólo un enunciado u otra farsa propia del discurso vacío y egoísta? Además de berreta; por repetido hasta el hartazgo.
Es propio de toda dignidad y humildad, admitirse finito y, por ende, fungible; evitando toda manifestación autoritaria… Además de torpe.
Pare cochero; pues quizás no esté solito en esta plegaria y tampoco quiero que me atrape el virus social pandémico o epidémico del todólogo.
SER – 31/03/23

